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Voces de las víctimas, relatos de una historia fragmentada por la guerra.

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Publicado por: Manuel Elías Sánchez Guerrero | Fecha: sábado 30 de enero del 2010

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Mocoare, "lo que el conflicto se llevó"

El torrencial invierno que inundaba calles y casas hizo que Ella (*) deshilvanara su relato. La casa ubicada en un barrio periférico de San José del Guaviare, al sur de Colombia, era presa de una fuerte lluvia que hacia tambalear su estructura y los árboles cercanos, como si un pequeño tsunami se abriera paso a pocos metros del río Guaviare.

La tormenta que se desató esa tarde, en la capital del departamento de Guaviare, desgajó flores del jardin, hojas y ramas de los árboles que adornaban la casa donde habita Ella, que no es la suya -es arrendataria-; además fue testigo de una serie de recuerdos con los que se hila esta historia de valor y dignidad, olvido y terror, desplazamiento y dolor.

Ellas: su vida y su dignidad

Hace cuarenta años una carismática niña morena, de temple, vivaracha, pero tímida llegó a Mocoare, una gran hacienda de Puerto Alvira, una inspección de policía del municipio de Mapiripan, hoy convertida en un caserío. La casa de sus padres fue construida cerca a una laguna donde antaño realizaba sus ceremonias rituales una tribu de indígenas tucanes (el nombre tucán es en homenaje a un pájaro de plumaje hermoso, cuyo hábitat es el Amazonas). "Danielito un cacique indio junto con don Esteban (*) padre de Ella fueron los fundadores de Mocoare, ellos dieron vida al Internado y ahí se fundó el caserío... eso fue por allá por los años 70", recuerda Hermides (*), quien fuera Defensor Comunitario de San José.

Hasta esta región del departamento del Meta llegó Ella muy niña, todavía recuerda esa infancia complaciente y plácida que le brindó su familia y el entorno llanero; fue una época de sueños, de inocencia y consentimiento cómplice de su padre, quien daba la vida por su niña. Luego llegó la adolescencia, sin mayores cambios geopolíticos o históricos que Ella pudiera percibir; algún hecho que marcó, pero sin mayor trascendencia, fue su traslado a la capital del Meta, Villavicencio, para trabajar y hacer estudios secundarios allí.

Con la juventud llegó la madurez, el trabajo y el albor del matrimonio; desde entonces empezó a construir un hogar cimentado en el amor, la confianza, el respeto, principios y valores y la dignidad como pilares de convivencia. De vuelta en Mocoare comenzaron 48 años "duros", de esfuerzo y abnegaciones, pero también de dichas y logros alcanzados.

Su vida es un cúmulo de recuerdos y desvelos que el conflicto se llevó. Representa la dignidad de esa gente querida, noble y sufrida, que la misma dinámica de la guerra y el maremoto socio-político de información y desinformación no permiten conocer.

Ella no precipitó el rompimiento de su historia, fueron las circunstancias que no le dejaron otra opción para elegir: entonces comienza a lidiar una vida de sacrificios y sufrimientos, convertida a la par en un camino de satisfacción y gratos momentos: tres hijos, tres hijas -la menor de 17 años excepcionalmente hermosa-; un hogar de paz, una vida íntegra y digna, alegrías, tristezas superadas, encantos y desencantos... En lo material forjó un capital, representado en una finca con casa, cultivos y ganado que le permitió vivir digna y holgadamente con sus hijos por más de treinta años.

Mocoare ­es hoy un espacio en la memoria que alberga recuerdos y nostalgias; cualquier lugar de su finca se convertía en escenario de diálogo y proyección de sueños de manera casi mítica o ritual. Ella, sus hijas e hijos hablaban de sueños y proyectos colectivos, mientras el agua de los ríos corría mansa a sus pies y en las sabanas se pavoneaban a sus anchas gallinas, patos, aves de corral, perros, vacas y caballos. Pero un día... "la historia cambió su rumbo", así lo recuerda Hermides, una de las personas más cercanas y queridas por Ella y por ellas; "es de las pocas personas que ha estado pendiente ayudándonos, sin exigir nada a cambio".

Después de más de 30 años de trabajo y relativa tranquilidad esta mujer vivió de cerca el terror de atroces hechos históricos. Perdió su hogar, perdió su territorio y su finca construida con amor y constante trabajo, gracias al apoyo de sus hijos, pues su marido se fue al albor del dulce hogar.

"Ese día lloré, lloré porque perdí todo lo que construí en mi vida, cuando llegue al río me senté y lloré; justo estaba en el punto donde días y años atrás nos íbamos por las tardes con mis hijos, con mis niñas a conversar en el barranco, recordar eso da mucha nostalgia, porque ya no lo volveremos a hacer, por última vez veía la maloka que queda arriba de donde construí mi casita que hoy se ha ido cayendo. Fue muy duro despedirme de mis hijos ¡hay no!... dejar mis perritos, mis animalitos yo tenía todo; mucha comida, tenía como 150 gallinitas, 16 reses".

Cuarenta años después con su voz grave, pero firme y su mirada solemne recuerda cómo el conflicto arrasó y destruyó sus fatigas y bregas; toda el esfuerzo y el sueño de su vida; los sueños, el esfuerzo y la vida de sus seres queridos. Recuerda cómo tuvieron que aguantar hambre, en un comienzo, con sus hijos pequeños, "¡fue muy duro para mí tener que darles un plátano asado y agua caliente sin sal, ni dulce cuando ellos me pedían de comer!, pero eso fue cuando mi marido se fue, al comienzo, porque de resto nunca hemos aguantado hambre, todo lo producía la finquita: cultivos, animales de caza, pescado..."

La historia fragmentada

"... Resulta curioso cómo la gente todavía espera con ansia noticias de un lugar del que han huido y cómo anhelan oír los sonidos familiares del hogar, como si quisieran confirmarse a sí mismos que están vivos", Palden Gyatso.

Ahora Ella se ha quedado muda su mirada perdida... observando la lluvia que ahora mezclada de viento amenazaba inundar la casa. Apenas me percaté que no debía interrumpir este ritual retrospectivo que reconstruía en escenas toda una vida, esa vida y ese hogar que poco a poco, Ellas, han ido rehaciendo.

Ahora es su hija menor quien deja que broten los recuerdos de infancia, "cuando estaba contenta o triste hablábamos con mamá y mis hermanos, nos íbamos para el barranco a hablar a orillas del río... ahora que nos vinimos mis amigos de escuela quedaron allá... es el recuerdo de una infancia rota... si uno tenía hambre cogía yuca, plátanos, una gallina y hacia sancocho... Yo le ayudaba a mamita; a las cuatro de la mañana nos levantábamos con mis hermanas a ayudarle a cocinar para los obreros... la Vida era bonita..."

La violencia acabó 50 años de incesantes momentos, un hogar... Comenzó con la llegada de guerrilleros y luego los paramilitares a esta región; primero Ella tuvo que enfrentársele a la guerrilla de las Farc para arrebatarles uno de sus hijos que se le llevaron cuando él estaba tomado por allá en un tienda.

Esta es una estrategia de los actores armados ilegales para llevar muchachos a la guerra, "les abordan cuando están tomados y les pintan 'pajaritos en el aire' para que tomen las armas, aprovechándose de la necesidad e inocencia de las y los jóvenes, que en muchos casos son menores de edad", explica el Defensor del Guaviare, Dr. Héctor López.

Ella prefiere no quedarse mucho tiempo en recuerdos de Puerto Alvira, inspección de Policía del municipio de Mapiripan. No obstante, recuerda cómo allí los paramilitares mataban mucha gente inocente. Ella misma fue víctima de esta masacre que en 1997 dejo más de 50 muertos y un sinnúmero de desaparecidos.

En aquella ocasión tres de sus hermanos viajaban por la zona conduciendo camiones que transportaban alimentos y otras mercancías. La paranoia y la sed de sangre de los paramilitares les hacían creer que todo el mundo era colaborador de la guerrilla y empezaron a "ajustar cuentas", fue así como sus tres hermanos desaparecieron; uno lo encontraron muerto, tiempo después los paramilitares devolvieron su cuerpo. Los otros dos siguen desaparecidos.

Ahora en su casa de San José del Guaviare, como inquilina, no puede desempeñarse en actividades agrícolas, actividad que realizó durante medio siglo. Ella se siente impotente y desamparada del gobierno; en año y medio que lleva desplazada sólo ha recibido una primera ayuda de 264.000 pesos y luego una que le otorgó Acción Social por $ 254.000.

No ha sido fácil para Ella la vida urbana. "Vivo con dos de mis hijas y dos niñas de mi hija, nietas, pero es como si fueran mis hijas. Recién llegadas a esta ciudad -donde todo se tiene comprar: un plátano vale 500 pesos, un limón 200 cuando en mi finca se perdían- comencé a trabajar en las noches vendiendo comida, pero mis hijas no me dejaron..."

Su hija de 17 años tomó las riendas, se puso los guantes del boxeo y salió al ring de la vida con dignidad y denuedo. "Mi sueño es que mamá no trabaje, ella gastó su vida por nosotros, ahora sus hijos debemos responder por ella". En San José esta apuesta joven concluye su bachillerato y mira la vida con tenacidad y esperanza, hace distintos trabajos de digitación y hasta trabaja por días en casas de familia para contribuir al sustento del hogar, que aun tiene cimientos de grandeza...

Ahora, Ellas han recibido en su casa, como una hija más, a una niña indígena desplazada por la guerra. Hermides, considera este gesto como verdaderamente loable "en medio de la precariedad en que viven Ellas, eso es un ejemplo de la solidaridad que nos falta a muchos colombianos". No obstante el rostro de este curtido y sencillo hombre está marcado por un gesto de desesperanza; sostiene que la vida de Ellas en la ciudad es muy difícil, "pero Ellas han asumido esta situación con gran valor y dignidad". Afirma que no hay condiciones para un retorno a Mocoare: "la cosa está cada vez más delicada, no sólo por el conflicto, sino que la entrada de compañías petroleras a explorar la zona agudiza la situación; se intensificó la militarización y como hay otros actores armados entonces reina la zozobra y la intranquilidad".

Contexto del desplazamiento

Esta familia hace parte de la historia del desplazamiento forzado, que en esta región es causado por el conflicto, trágico de drogas, enfermedades y la desterritorialización (por colonización y conflicto).

Los indígenas Nukak Makú, por ejemplo, viven en precarias condiciones y poco a poco tienden a extinguirse por el asedio de la muerte, la pérdida de su hábitat, la aculturación, la miseria, las enfermedades y la falta de atención estatal. "Sus tierras fueron ganadas a sangre y fuego por la colonización, en detrimento de sus derechos", sostiene Héctor López, Defensor del Pueblo regional de Guaviare. El fenómeno colonizador en Guaviare, según el sociólogo y escritor Alfredo Molano, se caracterizó históricamente como una colonización rapaz, brutal y sangrienta 2.

Buena parte del territorio habitado por indígenas y campesinos -explica López- fue parcelado a minifundistas. De otra parte, los actores armados se disputan el control de una vasta extensión territorial selvática para el tráfico de drogas, "porque siendo realistas Guaviare todavía depende económicamente de los cultivos de uso ilícito para narcotráfico; la militarización se expande y el conflicto recrudece; en la zona hay presencia de varios frentes guerrilleros y grupos emergentes de paramilitares".

Según datos de la Defensoría, el número de desplazados asciende a unos 22 mil (de un total de 50 o 60 mil personas que habitan el departamento), aunque es una población fluctuante que llega y se va. Algunos se quedan pensando en nuevas formas de vida, pues la mayoría de ellos han llegado desplazados de otras regiones para mejorar su nivel de vida.

Mapiripan: Huellas imborrables

La historia de Ellas no puede desligarse de una sucesión de hechos inimaginables que marcaron el desarrollo de un sangriento conflicto histórico orquestado contra la población civil mapiripeña por grupos paramilitares, en gran medida, y algunas acciones pretéritas de grupos guerrilleros que desencadenaron el horrible baño de sangre ocurrido en esta región llanera durante los años 1997 y 98.

La Incursión paramilitar a Mapiripan desencadenó en masacres -más de 70 asesinatos-, torturas, desapariciones forzadas, desplazamientos, amenazas, estigmatizaciones y una cadena de iniquidades que hacen parte de la historia sórdida de la violencia en Colombia.

La fragilidad de la Fuerza Pública colombiana, cuestionada por la sociedad civil y la Comunidad Internacional, para repeler tan feroz matanza dejó a los pobladores a merced del infortunio y de la sevicia del escuadrón "justiciero" de los paramilitares. Un primer episodio de la escala violenta ocurrió en 1997: alrededor de medio centenar de personas fueron ejecutadas en Mapiripan.

Por esta masacre la Corte Interamericana de Derechos Humanos, declaró al Estado colombiano y su gobierno responsable por violación de los derechos a la vida, integridad y libertad personales de las víctimas de la masacre. Responsable de violación del derecho al debido proceso y la protección judicial de las víctimas y sus familiares (artículos 8 y 25 Convención Americana), y del incumplimiento de su obligación de asegurar el respeto de los derechos previstos en dicho Tratado...3. Según el Tribunal Internacional, los afectados tienen que recibir reparación adecua del Estado.

No obstante este pueblo volvió a sufrir el terror un año después cuando una nueva acción de un grupo paramilitar sembró el terror en Puerto Alvira. Los hechos sucedieron en mayo de 1998, unas 25 personas fueron masacradas por unos 200 paramilitares. De los 2.500 habitantes, que entonces vivieron el terror, más de mil se desplazaron, algunos como Ella y su familia se sobrepusieron al miedo y se quedaron al menos una década más.

Quienes cuentan esta historia aseguran que este caserío -que vive del comercio informal, de la agricultura a mediana escala y la pequeña ganadería- llegó a convertirse, a finales de los 90, en corredor estratégico de grupos guerrilleros y paramilitares. Puerto Alvira, dice un testigo, es la entrada a los Llanos del Ariari, zona muy selvática donde se escondió mucho tiempo la cúpula de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, y donde hubo e incluso hay todavía laboratorios de procesamiento de cocaína y grandes cultivos ilícitos de coca.

Algunos sostienen que esta "convivencia" feroz de los dos bandos en connivencia, caso de los paramilitares, con una Fuerza Pública deficiente y cómplice generó la horrenda carnicería humana. "Los habitantes de Puerto Alvira tienen dos formas de morirse. La menos dolorosa es salir del poblado y perderse entre los matones en uno de los barrios marginales de Bogotá, Medellín o Cali. La otra es continuar viviendo en un pueblo de sangre y esperar a que lleguen los ejecutores de la próxima matanza a manos de guerrilleros o paramilitares...", así lo narró -una semana después- un testigo y víctima directa de la masacre al Periódico El Mundo de España. 4

 

La despedida

Cuando me despedí de Ellas mí alma estaba rota, pero había asistido a un memorable momento de catarsis o exorcismo del dolor profundo: fue valiosos y gratificante para Ellas y para mí. Seguía lloviendo, los árboles pequeños casi se desprendían de la tierra... No obstante la lluvia, Ellas salieron a despedirme; fue solemne aquel momento: sonrisas, miradas, nostalgia... Una parte de mi corazón se quedó con Ellas. Son Ellas, las voces del conflicto, mujeres y hombres, seres humanos, colombianos queridos y dignos, quienes aunque impotentes construyen día a día el telar que la guerra destruyó.

* Los nombres de esta historia han sido omitidos y/o cambiados a petición suya por el alto grado de vulnerabilidad que les genera vivir en zonas de conflicto.

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