Eugenio Espejo
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Reflexiones sobre las Viruelas (Parte VIII)
Quizá este fue el motivo por que los primeros romanos permitieron a los padres el que expusiesen a sus hijos monstruosos. Según lo refiere Dionisio de Halicarnaso Rómulo impuso a todos los ciudadanos la necesidad de criar y educar a todos los niños y, de las niñas, a las mayores; pero igualmente consintió la crueldad de exponer a los feos y feas, a los monstruosos y monstruosas, después de haberlos manifestado a cinco de sus más próximos vecinos. Véase aquí como el exterminio de las viruelas acarrea el beneficio de la subsistencia y perpetuidad general de la hermosura, y en particular de la del bello sexo. Veamos ahora, cuanto aprovecha a la hermosura del hombre.
Todo filósofo debe llamar Hermosura Masculina aquella cuyos miembros bien proporcionados cooperan del modo más ventajoso a cumplir y ejercer las funciones animales del hombre. Esta hermosura se puede decir esencial, pues que la utilidad es su principal objeto y fundamento. Esta utilidad es de todo el Estado; porque el hombre hermoso, en el sentido que acabamos de explicar, es apto para la agricultura, propio para el comercio, acomodado para las maniobras de la marina, ágil para las manufacturas, idóneo para la fatiga militar, y a propósito para servir a la República de todos modos. Y aun la carrera de las letras necesita de este género de hombres hermosos, que puedan vacar en el estudio con la constancia que requiere la profesión de la Literatura, y tengan la aptitud de servir con decoro al altar y al foro; porque, ¿qué horrorosa idea no dará de su ridícula proporción y estructura orgánica, un sacerdote lleno de rugas, sacrificando; y un juez deforme distribuyendo los oráculos del Depósito Legislativo, con una fisonomía que siempre y anticipadamente da unas sentencias de espanto? Uno y otro serán o contentibles o formidables. Las viruelas, pues, quitan del mundo esta hermosura de los hombres, volviéndolos con sus malísimas crisis o erupciones tumultuosas cojos, mancos y estropeados en los miembros más necesarios a los usos de la vida doméstica y civil.
Por: Eugenio Espejo