Gnral. Eloy Alfaro Delgado
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Consecuencias del Desorden.
Aún en medio de la pelotera, los que tenían armas de fuego no se retiraron sin disparar; pero los que realmente combatieron en toda regla, calculo que no llegaron a ciento, consecuencias del desorden que se introdujo al principar la acción. La lucha duró menos de una hora. Nuestras bajas fueron relativamente considerables; ascendieron a unos 40 entre muertos y heridos. Prisioneros perdimos muy pocos; entre éstos uno de mis ayudantes, Capitán Mario Oña, que combatió con mucho denuedo; se había separado de mí para ejecutar una orden. También quedaron en poder del enemigo, heridos, el abnegado Sargento Mayor Julio Estupiñán y el bravo Alférez Octavio Jurado, pertenecientes a la columna Macheteros. Individualmente ejecutaron prodigios de valor nuestros voluntarios. Tal fue el combate de Esmeraldas, que tuvo lugar el día 6 de Agosto.
Yo estoy seguro de que sin la heroica precipitación del Sargento Mayor Merchán, todas las columnas habrían ocupado sus puestos previamente designados, y entonces, sin embargo de los mil hombres que atrincherados y con artillería guarnecían la ciudad, la victoria habría sido irremisiblemente nuestra. A los valientes que yo tenía la hora de mandar, les sobraba voluntad y resolución para combatir y triunfar solamente un desorden fortuito ha podido hacer infructuosos, por el momento, los esfuerzos del más abnegado patriotismo.
Como en la acción de las Quintas, hubo también en las trincheras vivas insidiosos.
De Esmeraldas había se me informó que la guarnición estaba pronta a proclamar a don Pedro Carbo siempre que yo lo apoyará con las fuerzas que tenía a mis órdenes. Yo acepté, y en esperar el pronunciamiento perdí un tiempo precioso. El envío de un parlamento la víspera del combate de Esmeraldas, no fue más que un ultimátum a esa proposición.
Después de las retiradas, nuestra fuerza reunida en San Rafael ascendió a unos 170 hombres. En la noche acampamos en las inmediaciones de la hacienda de San José. Al día siguiente hicimos altos en Monquilve, a orillas del estero. Muchos me pidieron su baja y se la concedí; y a los prisioneros que aún tenía los puse en libertad. Algunos desertaron. Estas circunstancias redujeron mucho mis fuerzas.
Por Eloy Alfaro Delgado