El contagio, enemigo de la Salud
Dependerá este Honor de que las naciones que mayor ojeriza profesan a la nuestra, dejando sus caprichos y abandonando sus resentimientos, adopten el modo sencillo de exterminar todo contagio enemigo de la salud. Porque, cuando se interesa ésta, la sana razón sofoca el espíritu de la discordia, y abraza todo lo que le acomoda, aunque venga de las manos mismas del enemigo. Conocida, pues, la virtud del proyecto en los reinos vecinos, se dilatará por todo el globo su establecimiento. Y véase aquí que en pocos días se habrá logrado el exterminio de una de aquellas plagas, que se creían inexcusables a la máquina del hombre. La Nación española habrá entonces dado la ley a todo el universo. Pero, ¿qué ley? Aquella que, por antonomasia, se debería llamar la de la naturaleza y de la humanidad. El Rey debe ser obedecido por esta gloria universal de su augusto nombre, que correría por todos los idiomas de las gentes y todas las naciones de la tierra.
2.º Haciéndole comprender las resultas ventajosas que sobrevienen al uso de este orden superior. Por poco que se aplique el pueblo a la meditación del daño o daños que causa la epidemia de las viruelas, vendrá en conocimiento de los provechos que resultan de su entera abolición. La hermosura y buen parecer del rostro es la primer ventaja. Aunque a la austeridad de un genio melancólico, parezca de un orden muy inferior y casi de ningún mérito la Hermosura, el espíritu filosófico halla en ella razones sólidas para que sea estimable. Siendo la belleza el conjunto natural de regularidad, orden, proporción y simetría, una nación que por la mayor parte tuviese todos sus individuos hermosos, lograría un principio feliz de sociedad; porque las personas en quienes no se encuentran defectos considerables de rostro, atan el vínculo de ésta con más fuertes nudos, y donde hay más agrado, allí se reúnen más los corazones. Además de esto, no sólo el Filósofo, pero también los que se llaman Ascéticos, no pueden negar que la Hermosura es un don precioso emanado de las manos de un ser perfectísimo, esencial e infinitamente hermoso; y que las gentes hermosas son en quienes se retratan las perfecciones de Dios.
Por Eugenio Espejo